Al ritmo de la marinera tecnocrática
Por Santiago
Mariani
La jornada del 28 de julio de 2016 estuvo cargada
de optimismo en el Perú. El nuevo equipo que llegaba al palacio de gobierno
despertaba la esperanza entre amplios sectores de la ciudadanía. El presidente,
desbordado por el entusiasmo, anunciaba grandes metas en su discurso. Todo
parecía posible hacia el bicentenario en 2021. El desarrollo estaba a la vuelta
de la esquina. Tal era la confianza que sentía el gobierno sobre sus propias
posibilidades en la tarea que tenía por delante que el mismo presidente, al
presentar a su gabinete, afirmaba con grandilocuencia que sería el equipo que
lo acompañaría durante los cinco años de su mandato presidencial.
La realidad se presentó de otra manera. Los
límites a esa voluntad fueron marcados rápidamente por una dinámica política
bien distinta a la que imaginaba con cierta ingenuidad el gobierno. Antes que
se cerrara el año 2016, la mayoría fujimorista en el congreso censuró al
titular de la cartera de Educación, uno de los ministros que mayor estima
cosechaba entre los ciudadanos por los resultados que había logrado como
ministro del gobierno anterior. Ese fue solo el primer aviso porque la
arbitrariedad no se detendría allí. El gobierno, antes de llegar a cumplir su
primer año de mandato, volvería a morder el polvo con la salida forzada de
otros dos ministros hostigados injustificadamente por esa oposición que arremete
sin tregua.
¿Cómo explicar la dinámica política que se
despliega en el Perú? ¿Por qué el gobierno aparece tan frágil y desorientado al
poco tiempo de haber asumido? ¿Qué le está sucediendo a ese país que registró
en los últimos años las tasas de crecimiento económico más vigoroso de la
región?
Para poder ensayar una explicación, es preciso
señalar primero los efectos y consecuencias que se han generado en la dinámica
política, social y económica peruana a partir de la irrupción de la “anti-política”,
un fenómeno que se instaló con mucha fuerza durante la última década del siglo
XX como resultado de la severa crisis económica del primer gobierno de Alan
García (1985-1990).
La crisis hiperinflacionaria de la etapa final
del gobierno de García impactó con tal magnitud que se generó una brecha de
confianza con la ciudadanía, debilitando la credibilidad y la autoridad de los
políticos como figuras centrales en el sistema político. El desprestigio y
rechazo generalizados hacia la clase política, como efecto de esta crisis, dejó
un espacio vacío que fue ocupando la tecnocracia designada en los cargos de
confianza. Los tecnócratas paulatinamente generaron una cierta continuidad y
estabilidad en el sistema, como explican Alberto Vergara y Daniel Lencinas
(2009), logrando desplazar a los políticos como actores principales en el
proceso de toma de decisiones.
La irrupción y posterior consolidación de esa
tecnocracia, que de alguna manera terminó por tutelar a la democracia peruana, debe
entenderse también por las condiciones que brindaron uno de los ciclos
económicos internacionales más favorables en la historia peruana. La expansión
económica, que tuvo lugar entre 2004 y 2014, fue asociada por la ciudadanía con
el buen manejo de la cosa pública por parte de los tecnócratas. Esa
circunstancia elevó exponencialmente la credibilidad de la tecnocracia como el
único actor capaz de producir resultados económicos y de ser el más viable para
conducir la nave del estado. El regalo del cielo que le brindó esa coyuntura
internacional contribuyó a que el discurso anti-político, que pregona la
conveniencia de tener arrinconados a los políticos para evitar que el país
vuelva a naufragar, calara hondo en la mente de la ciudadanía.
Las reformas que el sistema político articuló
después del autogolpe de 1992, que gran parte de la ciudadanía apoyó, es otro
capítulo que se debe señalar porque contribuyeron a la reducción de espacios de
decisión para los políticos. La principal reforma institucional estuvo dirigida
al Congreso, el lugar de mayor relevancia de la representación política, por la
cual pasó a ser una instancia unicameral. Con una reforma de esta naturaleza,
la representación de una compleja sociedad con 30 millones de personas quedó en
manos de 130 congresistas, cuando antes de la reforma constitucional de 1993 el
poder legislativo era bicameral y se componía de 240 parlamentarios (60
senadores y 180 diputados). La reducción dejó así al Perú con una de las tasas
más altas de habitantes por representante en la región.
Cabe también anotar que el desafío derivado de la
poca cantidad de congresistas con relación a la enorme cantidad de gente que
deben representar, se torna más complejo con las bajas tasas de relección de
los congresistas que registra el Perú. En otras palabras, cada cinco años
llegan nuevos representantes al Congreso que en su mayoría no cuentan con
experiencia legislativa previa ni provienen de partidos políticos con vínculos
fuertes con la sociedad que deben representar. La falta de experiencia y la
debilidad de las estructuras a través de las cuales postularon los deja en una
relación desigual ante los titulares de una capa tecnocrática que maneja los
resortes del Estado y que tiene mayor valoración ante la ciudadanía. Pero allí
no termina el asunto.
La debilidad estructural en la máxima instancia
de representación tiene a su vez como contracara la posibilidad de ser dominada
por una simple mayoría que logre hacer una buena elección. Sin una cámara alta
que pueda balancear el peso de una cámara que logra tener un color mayoritario,
el sistema político ideado en 1993, que como sostiene Fernando Tuesta (2017)
contiene elementos propios del parlamentarismo, abre la puerta para que esa
mayoría pueda encontrar incentivos para operar de manera poco democrática en el
uso de las herramientas como la censura de ministros. Sin el balance y
contrapeso que podría brindar una cámara alta, una mayoría puede funcionar de
manera dominante.
En un escenario semejante, la dimensión política
toma una relevancia primordial para poder para gobernar desde el Ejecutivo con
un Congreso que intenta bloquearlo e imponerle su agenda. Bajo esta dinámica ya
no alcanza con tener un “buen” manejo técnico del Estado, la política recobra
importancia, especialmente para poder sintonizar con la ciudadanía porque un gobierno
que sintonice políticamente con las mayorías estará en mejores condiciones para
sentarse a la mesa de negociación con la oposición y tejer acuerdos. La
oposición, por su parte, tendrá menores incentivos de hostigar a un gobierno
que logra estar en buena sintonía con la ciudadanía.
La necesidad del gobierno de conectar con la
ciudadanía para salir de la fragilidad en la que se encuentra, se vuelve aún
más importante en esta coyuntura por el cambio que se ha producido en el
contexto externo. Una economía internacional que ya no tiene las condiciones
para empujar positivamente la economía local, deja a la tecnocracia sin esas
altas tasas de crecimiento y resultados que aseguraban su legitimidad. Pareciera
entonces que es momento de articular una legitimidad que posibilite y asegure
la gobernabilidad democrática con otros mecanismos y con la generación de otros
resultados.
La impronta tecnocrática que gobierna el
ejecutivo peruano pareciera ser una opción insuficiente frente a un contexto externo
que ya no asegura en piloto automático el crecimiento económico y una oposición
mayoritaria con la cual hay que lidiar en la cancha de la política. A pesar de
ello, el gobierno parece empecinado en seguir haciendo lo que hasta hace poco
funcionaba en el Perú pero que a juzgar por lo que está sucediendo está dejando
de funcionar. La tecnocracia es de alguna manera víctima de su propio éxito por
los resultados que logró cosechar. La política como elemento articulador de la
gobernabilidad, algo que tanto han denostado, es aquello de lo que parecen
carecer para navegar en las turbulentas corrientes de estos tiempos.
Nicolás Maquiavelo escribió El Príncipe en el L’Albergaccio. Cuenta uno de su biógrafos que
cada una de esas noches que se dirigía a esta taberna de mala muerte se vestía
con los ropajes de los antiguos para conversar con ellos sobre las máximas de
la política ¿Podrán acaso los tecnócratas elegidos por la ciudadanía con el
voto popular cambiar de ropaje y asumir que la política es vital?
Artículo publicado en Con distintos acentos