martes, 22 de noviembre de 2011

Una democracia clientelar

Medio: La Nación (Argentina)


 
Nota:

La controversia generada alrededor del estado actual de la empresa Aerolíneas Argentinas pone sobre el tapete una cuestión mayor que está pendiente de resolver desde el regreso de la democracia: la construcción de un servicio civil para administrar el Estado.
A pesar de los avances que hemos logrado desde 1983, ningún gobernante ha puesto todavía las bases para impulsar, de manera generalizada, un sistema de selección basado exclusivamente en el mérito para los cargos de gestión en el Estado. Muchos de nuestros dilemas y problemas actuales tienen su origen en la falta de ese sistema. Se trata de un tema que condiciona o posibilita, en última instancia, el desarrollo del país.
La creación de un servicio civil meritocrático para el Estado evitaría aquello que ha sido denominado "sistema de la ruina". El término en cuestión describe la funesta práctica por la cual el partido o grupo político que gana las elecciones se siente con derecho a distribuir, entre sus militantes y seguidores, los cargos que conforman la burocracia del Estado.
En los Estados Unidos existió la costumbre, durante gran parte del siglo XIX, de reemplazar los cargos de las oficinas públicas con los partidarios que acompañaban al político que lograba la victoria. Sin embargo, entre esa "clientela" que recibía el "botín", no todos estaban capacitados para manejar la responsabilidad del cargo que se les asignaba. Además, el crecimiento de la sociedad y la complejidad de los temas por resolver comenzaron a demandar servidores públicos con mayor grado de formación. Algunos líderes políticos comenzaron a darse cuenta de que seguir con esa práctica los llevaría a la ruina.
Una de las primeras respuestas para superar esta costumbre tan perniciosa provino del presidente Rutherford B. Hayes, que introdujo exámenes competitivos como la base para los nombramientos en la estructura del Estado. Algunos años más tarde, en 1883, el senador George H. Pendleton presentó una iniciativa que se convirtió en la ley del servicio civil, por la cual diversos sectores del Estado quedaron a resguardo de nombramientos políticos. El desarrollo de un proceso de selección basado en criterios de mérito e igualdad para acceder a un cargo en el Estado había sido ya adoptado, desde 1855, por países como Gran Bretaña.
Francia o Japón también han desarrollado sistemas muy rigurosos de ingreso a un puesto público, a sabiendas del impacto negativo en la eficiencia del Estado que se genera, en el largo plazo, por la falta de una administración pública de carrera. En el caso de la Argentina, por ejemplo, el desarrollo de un sistema de ingreso a un cargo administrativo a través de una competencia objetiva contribuiría a poner freno a la emisión monetaria -o el endeudamiento- que demanda el gasto público creciente destinado a sostener la estructura de un Estado con dificultades para cumplir con sus funciones esenciales.
El mayor rédito en contar con funcionarios capacitados, idóneos, talentosos y bien remunerados está en el fortalecimiento de la capacidad estatal para implementar políticas públicas de largo aliento en materias como salud, educación, bienestar social y seguridad. Una burocracia permanente e idónea generará la continuidad de las políticas y asegurará su éxito, para convertirlas en políticas de Estado, materia pendiente en la Argentina. Para tener un Estado fuerte, que posibilite el desarrollo tantas veces postergado, se necesita separar la esfera de la representación que ejercen los políticos electos de la esfera de la administración del Estado, que queda en manos de la burocracia que debe su cargo a un concurso.
El poder desmesurado que otorga la facultad de nombrar funcionarios en el Estado, sin embargo, hace difícil el impulso de ese tipo de reformas. La creación de un sistema meritocrático que termine con las consecuencias que genera una democracia clientelar es la partida donde se jugará, en gran parte, la salida para nuestros ciclos de inestabilidad y estancamiento.
En un país con las dimensiones geográficas de la Argentina y la concentración poblacional centrada en el área de Buenos Aires, una aerolínea que conecte al país para posibilitar el federalismo se torna un aspecto estratégico del desarrollo. Ponerla en manos del mercado privilegiando solamente su rentabilidad sería un error de política pública tan grave como un manejo con criterios puramente políticos. Es necesario repensar nuestra aerolínea de bandera para poder transformarla en uno de esos sectores modelo de un Estado fuerte que todavía no tenemos.