Medio: La
Nación (Argentina)
Fecha:
09/08/2011
Nota:
Una de
las más certeras definiciones sobre la disposición al diálogo salió de boca de
Winston Churchill: "Valor es lo que se necesita para levantarse y hablar;
pero también es lo que se requiere para sentarse y escuchar".
En febrero de 1990, Nelson
Mandela daba sus primeros pasos como hombre libre luego de permanecer casi tres
décadas encarcelado por el apartheid . Ese septuagenario que se
presentaba sonriente a la prensa mundial, con mensajes conciliadores, había
sido la mayor amenaza a la dominación blanca tras fundar y comandar en 1961 la
rama armada de su partido, el Congreso Nacional Africano. En ese entonces,
Mandela era partidario, como la gran mayoría de sus compatriotas, de tomar las
armas y combatir al apartheid por medio de la violencia.
Durante su cautiverio comienza a
recorrer un camino inverso: lee los libros que sus enemigos leían para aprender
sobre su historia y toma cursos de afrikáans para poder dialogar con los
carceleros en su propio idioma. Así llega a comprender que aquellos que lo
sojuzgaban eran parte de la solución que Sudáfrica necesitaba, una democracia
que cobijara a todos los sudafricanos en un mismo suelo para convivir de manera
pacífica.
Mientras concebía su estrategia,
parecía que la guerra civil estallaría en Sudáfrica. Era 1985 y el presidente Pieter
Willem Botha ordena el despliegue de 35.000 hombres de las fuerzas armadas en
los barrios negros para detener la rebelión que buscaba convertir al país en un
caos. La represión desatada deja unas 850 víctimas fatales. Mandela lanza en
ese contexto su proclama pacifista, optando por el camino del diálogo, sin
dejarse nublar por los acontecimientos violentos.
Botha elige al ministro de
Justicia, Kobie Coetsee, para comenzar, en calidad de emisario secreto, las
conversaciones con Mandela. Coetsee es seducido rápidamente, al igual que el
segundo emisario, Niel Barnard, jefe del servicio de inteligencia de Sudáfrica
y hombre de máxima confianza de Botha. Mandela los convence de la necesidad de
un encuentro con el presidente, uno de los políticos más duros que había
conocido el régimen, para llegar a una solución negociada.
Habiendo conquistado a sus
carceleros primero y luego a los máximos representantes del apartheid , debía enfrentar otro difícil
desafío: convencer a sus compatriotas negros acerca de la importancia de
reconocer a los blancos como parte de la solución. Su propuesta radicaba en que
la mayoría negra no tenía el derecho a imponerse sobre la minoría blanca, aun
si lograban conquistar el poder mediante la legitimidad del voto. La única
forma de rehacer Sudáfrica, proponía Mandela, era mediante una tarea conjunta y
sin imposiciones de ningún tipo, asociándose con los blancos en la empresa
común de construir una gran nación.
Mandela hace realidad, mediante
su propuesta de paz, las aspiraciones de los negros; evita la guerra civil y
une el país bajo su liderazgo dejando como legado para Sudáfrica y también para
la humanidad la posibilidad de convivir en armonía y sin imposiciones por parte
de minorías o mayorías. De haber visto realizada la gran obra de Mandela,
Churchill hubiera destacado su valentía para escuchar a todos y dar lugar a la
mayor empresa política que haya tenido lugar en el siglo XX.