La lideresa de Fuerza Popular, Keiko Fujimori, invitó públicamente
al presidente Kuczynski a dialogar. El gobierno, para evitar la etiqueta de la
intransigencia, aceptó el convite. Ante esta situación valen algunas
aclaraciones. El diálogo político, en especial cuando se trata de un diálogo al
más alto nivel, puede ser positivo y forma parte del régimen democrático para
que el disenso no se convierta en un juego de suma cero. Una instancia de esta naturaleza, sin embargo,
debe darse en un determinado marco y con unas circunstancias específicas en las
cuales ninguna de las partes salga perjudicada.
Cuando no existen las circunstancias propicias, el diálogo puede
ser útil solamente a la parte que se encuentra en mejores condiciones (mayor
fortaleza relativa) para imponer condiciones. El riesgo que corre la otra parte
es terminar peor de lo que estaba antes de prestarse al diálogo. Es decir que,
de no existir un cierto balance previo, el resultado del diálogo podría ser una
simple imposición de condiciones sin que produzca una verdadera negociación (la
cual supone una cesión de ambas partes con una celebración correspondiente de
acuerdos que sirvan a todos).
El encuentro anunciado, convocado por la oposición que es la que
tiene en sus manos la iniciativa política, será la segunda vez en la que se producirá
un diálogo al más alto nivel, pero las circunstancias no parecieran ser las más
propicias para que el proceso, en esta ocasión, sea distinto al anterior. El gobierno, por propia responsabilidad, se
encuentra en una situación de enorme fragilidad para participar -por ahora- de
esta instancia.
¿Cómo podría haber evitado la etiqueta de la intransigencia si
se hubiera negado a acudir a un diálogo al cual no le conviene prestarse en
estos momentos?
Como una posible salida el gobierno podría haber afirmado la
importancia del diálogo, pero haber solicitado unas muestras previas de buena
voluntad de la otra parte. Como parte de esa respuesta podría haber ofrecido
que el diálogo comience en el Congreso, que es el ámbito justamente donde ello debería
ocurrir. Una vez concretadas las muestras de buena voluntad por parte de la
oposición, recién entonces el gobierno podría considerar la posibilidad de
iniciar un diálogo al más alto nivel. De todas maneras, nada de esto ocurrirá
ahora porque el gobierno ya aceptó el convite y en cierta forma la suerte está
echada.
¿Qué hacer entonces para salir de la encerrona y retomar la
iniciativa política?
El gobierno no pareciera haber priorizado o sintonizado todavía
con el mensaje que la ciudadanía expresó en las urnas en la segunda vuelta. El mensaje para el gobierno fue la necesidad
de introducir un equilibrio con la mayoría que se iba a instaurar en el
Congreso. Sin embargo, la actitud de cesión permanente en todos los avances que
realizó la mayoría en contra de la institucionalidad, sin que el gobierno se
manifestara con contundencia o denunciando el peligro que ello implica para la
democracia, ha debilitado el vínculo de confianza con esa parte de la
ciudadanía que lo ha elegido justamente para hacer lo contrario, esto es, para
acordar en los temas centrales con la oposición, pero también para señalar cada
vez que se intenta avasallar la institucionalidad.
Asimismo, el gobierno pareciera no tener interés o darle
prioridad al impulso de una agenda que ponga como absoluta prioridad las
demandas y anhelos que las mayorías esperan en un país que goza de estabilidad
macroeconómica y recursos para mejorar la prestación de bienes públicos de
calidad (mejor prestación de salud, nuevos avances en educación pública,
inversión en infraestructura pública y medios de transporte, etc, etc). Esa
agenda, que es la que no aparece todavía, es la que realmente podría darle una
conexión fuerte con la ciudadanía porque sin ese vínculo renovado y
fortalecido, el gobierno seguirá nadando en una fragilidad absoluta y estará a
merced de una mayoría parlamentaria sin contrapeso alguno. Hasta que eso no
ocurra la oposición tendrá incentivos para seguir transitando por un camino de
imposiciones y avasallamientos.
El verdadero desafío radicaría entonces en un cambio en la forma
en la cual se está gobernando, de cara a esa mayoría ciudadana que siente que
se están priorizando otros intereses antes que sus anhelos, demandas y deseos.
Los sectores mayoritarios del Perú, según indican todos los estudios de
opinión, esperan todavía que la democracia llegue con mejores resultados de los
que se han dado en los últimos 15 años. En otras palabras, para salir de la
encerrona en la que se encuentra el gobierno, sería deseable repensar y
reformular la relación estado-sociedad con cambios que se den de manera
simbólica pero también con hechos concretos. Ese cambio, o esa sensación de un camino
que se empieza a recorrer hacia el cambio, blindaría al gobierno y le
permitiría entrar en un diálogo con la oposición en circunstancias distintas
porque no hay soluciones tecnocráticas que puedan darse en el vacío y sin un
fuerte apoyo popular.
El lugar en el que se
encuentra el gobierno, por haber tomado un camino de espaldas a las mayorías
para las cuales debe gobernar, lo deja en una situación en la cual el diálogo con
la oposición, que tiene la iniciativa política en sus manos, no necesariamente
permitirá cambiar la dinámica política en la que se encuentra el Perú. Hay
altas probabilidades que el diálogo sea una nueva instancia de breve respiro en
medio un prolongado y desgastante proceso de fragilidad en el que continuará el
gobierno sin poder hacer demasiado al respecto.