Las precarias democracias de América Latina han ido posibilitando y
generando, durante las últimas décadas, las condiciones para una mayor
integración de la mujer en los espacios de decisión política. El notorio avance
producido en este campo, aunque todavía exista un largo camino por recorrer dentro
de un contexto donde el poder se ejerce esencialmente en clave masculina, configura uno de los aspectos más positivos y
promisorios dentro del juego democrático en nuestros países.
El rol de las primeras damas no es ajeno a ello y se ha ido
reconfigurando y expandiendo dentro de esta evolución positiva. El marco tradicional
que confinaba su rol a las actividades señaladas por el protocolo y las acciones
sociales se ha ido superando paulatinamente para incluir otras modalidades. Como
parte de este fenómeno se acepta que una primera dama, a pesar de no haber
recibido un mandato popular por parte de la ciudadanía, despliegue un novedoso
perfil que complementa y enriquece a un proyecto político que lidera su cónyuge
pero en el que ella también forma parte como militante.
Son numerosos los ejemplos de los nuevos vientos que soplan como
el de Hillary Clinton en Estados Unidos o el de Cristina Kirchner en la Argentina.
En estos países la ciudadanía acogió favorablemente la novedad y legitimó con
su voto el nuevo rol de estas compañeras que comparten un proyecto político que
ayudaron a construir junto a sus maridos: Hillary fue electa senadora y recibió
posteriormente gran cantidad de votos en la interna del partido demócrata para
elegir un candidato a la presidencia y Cristina, luego de ejercer varios cargos
electivos, llegó a la presidencia para ser reelegida recientemente por un
amplio margen.
En el caso particular de Nadine Heredia sus características
personales, entre las que sobresalen su intuición e inteligencia, han redituado
en una evidente cuota de poder que ejerce dentro de un proyecto político que
contribuyó a forjar y en el que juega un papel protagónico, aunque no
definitorio, junto a su marido el presidente. La cuota de poder que a todas
luces detenta es percibida por los peruanos y peruanas que la ubican a la par
de su compañero en el esquema del poder según encuestas de opinión pública.
Nadine, a pesar de algunos errores que forman parte de la
trayectoria de cualquier persona que decide actuar en política, está ejerciendo
un rol distinto y con mayor protagonismo en comparación con lo que
tradicionalmente se estilaba para las primeras damas del Perú y su labor es vista
como positiva por un 54% de la ciudadanía según la última encuesta nacional de
Datum. Las conclusiones que circulan en algunos sectores sobre una supuesta
presidencia paralela o dual -que por momentos llega incluso a relegar o
eclipsar al presidente en el proceso de toma de decisiones- parecerían ser
entonces parte de una visión deformada de lo que realmente sucede en la cúpula
del poder.
La democracia peruana es todavía frágil y débil
institucionalmente. En ese contexto hay mayores incentivos y posibilidades para
que los líderes manejen los asuntos de estado con impulsividad y sin contención
que frene las pasiones. La presencia de una consejera que está demostrando
tacto político y buen juicio para asesor a un presidente que al llegar al cargo
no contaba con demasiada experiencia resulta un atractivo activo en el marco de
una democracia que todavía tiene demasiadas fisuras.