Fecha:
14-05-12
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Nota:
La concentración de ingresos en pocas
manos, un fenómeno que agobia de manera creciente a los Estados Unidos desde
hace cuatro décadas, ha convertido a la democracia norteamericana en la
más desigual entre los países desarrollados. Los multimillonarios amasan
fabulosas fortunas en medio de una sociedad donde millones de sus compatriotas
tienen enormes dificultades para conseguir un mínimo aceptable de bienestar.
La fatal combinación entre riqueza
para unos pocos y desesperanza de muchos coloca a la mayor potencia de la
tierra a distancia del ideal democrático igualitario que se despliega en una
sociedad donde las oportunidades son finalmente una realidad concreta para
todos.
La solución a este galimatías de la
desigualdad no aparece como algo cercano a la vista, ya que se trata de un
fenómeno esencialmente político. La polarización social se retroalimenta de una
inédita polarización política caracterizada por la imposibilidad de concertar y
consensuar las políticas necesarias para solucionar los grandes desafíos que
enfrentan como la ecuación de la desigualdad.
La imposibilidad actual de construir
un consenso entre los partidos mayoritarios acerca de las acciones a tomar se
debe, según manifestó recientemente el economista Paul Krugman en el New York
Times, a la disfuncionalidad que genera un partido republicano conquistado por
sectores extremos que no reconocen la legitimidad de la oposición política.
Bajo esa premisa la cooperación se hace muy difícil pues el interés nacional
queda relegado, por parte de uno de los grupos políticos dominado por el dinero
y la influencia del sector que concentra los ingresos, a la imposición de una
agenda propia y al triunfo en la arena política.
El costo que genera la polarización en
una democracia, cuando un sistema político es paralizado y acosado por un
sector que intenta imponer su agenda a costa del bienestar generalizado, es
justamente el tema al cual se refirió el ex presidente Jimmy Carter en su libro
“Nuestros Valores en Peligro”. Carter fue uno de los primeros políticos que
señalaron, ya en 2005, las consecuencias que tendría una democracia polarizada
para el bienestar y la convivencia en armonía al bloquear la posibilidad de
afrontar en conjunto los problemas más acuciantes.
La experiencia pareciera indicar
entonces que en una democracia que no polariza la convivencia política deja
espacios para la construcción de consensos mayoritarios que posibilitan el
impulso, fortalecimiento y perfeccionamiento de políticas públicas de largo
plazo necesarias para el bienestar generalizado. Un ejemplo de ello podría ser
la política social de Brasil originalmente concebida e impulsada por el
gobierno de Cardoso y continuada y profundizada por Lula y ahora por Dilma.
En nuestra región, que tiene el triste
récord de ser la más desigual del planeta y que ya ha aprobado el gusto amargo
del desencuentro y la división, están apareciendo democracias que se alejan de
la polarización política para dar lugar a una dinámica política virtuosa donde
la pobreza y la desigualdad, nuestros mayores desafíos, se reducen de manera
creciente.