lunes, 31 de octubre de 2011

La institucionalidad democrática en América Latina

Medio: La República (Perú)


 

Link: http://www.larepublica.pe/columnistas/desde-fuera/la-institucionalidad-democratica-en-america-latina-31-10-2011-0


Nota:

En un trabajo sobre Jorge Washington y la importancia de su liderazgo en la fundación de la democracia de los Estados Unidos, el sociólogo norteamericano Seymour Martin Lipset cuenta que, en tiempos de la revolución de las trece colonias contra Inglaterra, el rey Jorge III interrogó al pintor Jonathan Trumbull, que estaba recién llegado de Norteamérica, acerca de cuál pensaba que sería el camino a tomar por el comandante del ejército rebelde al terminar la contienda. El pintor le dijo al rey que suponía que Washington regresaría a su finca una vez terminada su tarea al frente del ejército continental. Al escuchar la respuesta de Trumbull, el rey manifestó que si hacía eso se convertiría en el hombre más grande de su época.

Washington finalmente hizo lo que Trumbull había pronosticado, pero no solamente al terminar la guerra independentista, sino nuevamente al renunciar a la posibilidad de volver a ser reelegido luego de estar al frente de la presidencia de su país por dos periodos. Las renuncias deliberadas que se había impuesto para regresar a sus asuntos privados lo convirtieron, según manifiesta Lipset en su trabajo, en “el hombre más importante de la historia de los Estados Unidos”. Su ejemplar conducta contribuiría, en gran parte, a fundar e institucionalizar una república democrática en los Estados Unidos y sin su presencia la historia de la democracia hubiera sido algo diferente.

El régimen político que se buscaba instaurar en esa nueva nación al independizarse, al igual que en las nuevas naciones al sur de la frontera que se habían independizado del imperio español, debía superar la debilidad en su legitimidad. Washington sabía que la forma de superar esa carencia de legitimidad inicial se lograba desplegando un carisma moderado y sometiéndose a las normas aun estando en contra de sus propios intereses personales. Los gestos de renuncia voluntaria al poder, la salida de la escena principal, tenían como objetivo fundar un gobierno de leyes para poder blindar al sistema contra la inestabilidad y crisis de autoridad que tienen lugar cuando los actores principales rechazan las reglas de juego y las manipulan o acomodan para satisfacer sus propios intereses. La conducta de Washington revelaría entonces la importancia fundamental que pueden jugar los individuos para forjar la historia de una determinada manera.
La reflexión sobre el liderazgo de Washington que hace Lipset podría servir, en una mirada comparada, para poner el foco sobre los desafíos actuales en la política peruana. Durante la última campaña electoral, los detractores del entonces candidato Humala argumentaban que, de llegar al gobierno, utilizaría su posición de poder para aplicar el modelo venezolano cuyos rasgos distintivos son el cambio constitucional y la búsqueda de una reelección indefinida. La moderación desplegada por Humala manifestando su preferencia por el modelo brasileño, que tuvo en Lula a un líder carismático pero moderado, dejando el poder luego del periodo que las reglas de su propio país establecen, o los diversos compromisos públicos asumidos para asegurar a la ciudadanía que no estará “ni un minuto más en el cargo después de cumplidos los cinco años de mandato”, forman la base para lograr consolidar la democracia republicana.

Es decir, en el cumplimiento de su renuncia anticipada está la posibilidad de sentar las bases de un gobierno de leyes en un país que todavía no ha terminado de superar una década autoritaria en la cual las instituciones quedaron a merced de un liderazgo autocrático. La debilidad institucional de un país con un Congreso con algunos de sus miembros severamente cuestionados, sin partidos políticos estructurados y programáticos y un Estado que no puede articular de manera eficiente y eficaz las políticas públicas que posibiliten incluir a la mayoría a través de una educación y salud de calidad, un ejercicio del poder prudente con gestos concretos que fortalezcan las reglas de juego se torna en uno de los factores centrales para construir la institucionalidad en un sistema débil y cuestionado por aquellos que sienten que funciona solamente para favorecer intereses muy concretos.

La sentencia de 25 años a Antauro Humala por parte de un tribunal y otorgándole todas las garantías del debido proceso hace suponer que no ha habido intento alguno desde el poder político para mejorar la situación del hermano del presidente. Este hecho es algo inédito en la cultura política de América Latina y lo que se espera de sus gobernantes. Un protagonista de la justicia, antes de conocerse la sentencia del tribunal, declaraba a los medios que no se podía desconocer que se trataba justamente del hermano del presidente.

En la misma línea se encuadrarían tanto la presencia del presidente en la reunión de la Sociedad Interamericana de Prensa para brindar un mensaje claro sobre la importancia de la libertad de expresión, en una región donde avanzan los intentos de limitarla, como también el respaldo a la investigación de su vicepresidente dejando el tema en manos de las instituciones correspondientes, la Comisión de Ética del Congreso y el Ministerio Público.

América Latina, habiendo celebrado recientemente sus dos siglos de independencia, no logra exorcizar sus reflejos autoritarios. La consolidación de democracias republicanas, que asoma en algunos de los países de la región, es el resultado de liderazgos carismáticos pero moderados que respetan, fortalecen y obedecen con gestos concretos las reglas de juego aun si en ello hay un perjuicio a sus propias ambiciones e intereses.