Santiago Mariani
La lectura de los recientes y
sorprendentes cambios políticos en España guardan acaso varios mensajes y posibles
lecciones para redimensionar algunos de los dilemas que atraviesan a un mundo que
parece resignado ante fenómenos de diversa magnitud como el regreso de las guerras
comerciales, una corrosiva colusión entre economía y política que campea con
impunidad, el endurecimiento de las medidas contra los inmigrantes, los
nacionalismos que intentan patear el tablero de las entidades mayores a las que
pertenecen y la democracia que cotiza a la baja entre mayorías ciudadanas que se
sienten cada vez menos representadas por sus políticos. La convivencia
civilizada y la idea de comunidad parecen resquebrajarse con las tensiones
crecientes, el crispamiento de los ánimos y la desazón generalizada. Los
retrocesos se acumulan de manera peligrosa para formar un conjunto abigarrado
que dejan hasta las ciencias sociales con pocas respuestas.
La primera cuestión que marca el
nuevo rumbo político en España, con la llegada a la presidencia del socialista
Pedro Sánchez, es el ejemplo de un cambio político operado de manera
civilizada, aceptando y fortaleciendo las reglas de juego, procurando minimizar
la crispación y evitar una divisoria sin retorno. El modo en que se condujo
este cambio dejó bien parada a una clase política que en su conjunto supo
privilegiar aquellas cuestiones que están, o que deberían estar, por encima de
circunstanciales carreras políticas y legítimas ambiciones de poder. Las
formas, como demostraron sus protagonistas en este traspaso, hacen también al
fondo de las cuestiones esenciales en toda dinámica política. En el mundo, por el contrario, las formas
políticas se devalúan por doquier con procesos de polarización que intentan
desconocer la legitimidad de los rivales, con impunidad rampante que no genera
costos ni cambios aun cuando la justicia se pronuncia con fallos ejemplares, con
una manipulación maniquea que crispa a la ciudadanía al presentar como válida
solamente las propuestas propias o con casos donde se busca alterar las reglas
para eternizarse en los cargos. Los límites se hacen difusos, todo vale a la
hora de conquistar los espacios de poder y nada parece frenar a gobernantes que
a pesar de haber sido elegidos en las urnas, en algunos casos despliegan un
ejercicio del poder que no rinde cuentas ni asume responsabilidad alguna por
sus actos.
En la dinámica reciente en España
hasta el propio mandatario saliente, Mariano Rajoy, mostro gestos contundentes
que no abundan en otras democracias. Luego de la moción de censura, motivada
por un fallo de la justicia alrededor de una trama de corrupción política que
involucra a su partido, renunció a su escaño y a la posibilidad de integrarse
al consejo vitalicio del estado que le permitiría mantener sus privilegios y
los fueros que lo escudan de futuras investigaciones judiciales. Rajoy también
renunció a la presidencia de su partido político, negándose una continuidad
como líder de la oposición y solicitó su reingreso al cargo que tenía antes de
llegar a la presidencia como registrador civil de la propiedad, sin tentarse por
un fichaje como lobista de los grandes grupos empresariales. Con esos múltiples
gestos ha mostrado que no siente ese complejo que deviene en todo político con “el
dolor de ya no ser”.
El traspaso de la presidencia del
gobierno, que supuso una mutación de color político, ha sido a su vez un movimiento que no puso en
juego lo construido en democracia. La operación en las alturas no modificó ni
alteró la base estable que conforma un estado que, con bastante eficiencia,
provee bienes públicos básicos en materia de educación, salud pública y
atención a la vejez. La neutralidad del sector público estatal y su
profesionalización representa probablemente una de los mayores logros
conseguidos por la política española desde que inició el rumbo de la
transición. El logro conseguido supone que el estado ha dejado de ser un botín
a conquistar para repartir rentas entre los aliados políticos después de una
victoria en las urnas, o por lo menos que en España la repartición política no
pone en peligro el rol del estado como prestador de bienes públicos
universales. Pero ese acuerdo que conforma el núcleo de su contrato social y
que estructura su sistema de convivencia,
camina rengo con el cambio que significó el abandono de la prestación
universal del sistema nacional de salud. El anuncio del gobierno, que busca
recuperarla, muestra que una democracia
plena no debe doblegarse ni ceder ante poderosos intereses que buscan el
beneficio y el lucro a expensas de la salud humana. La apuesta por la salud es un mensaje para
países que ni siquiera han logrado avanzar ni sentar las bases de una
prestación pública de calidad en materia de salud. Es un mensaje que llega
también para aquellos pocos países donde se ha conseguido implantar, pero donde
la amenaza de retroceder y anular esta
conquista está a la vuelta de la esquina.
La conformación de un gabinete
con presencia mayoritaria de mujeres es otro hito que debería inspirar a
democracias que buscan convertirse en más plenas. Frente a la disparidad actual,
que persiste a pesar del mayor debate público sobre la cuestión, no cabe
esperar la buena voluntad, se debe avanzar con gestos contundentes que generen
condiciones adecuadas para un acceso igualitario a los espacios de poder
político en todos los niveles. La presencia mayoritaria de la mujer no fue la
única novedad en la composición y modo de funcionamiento del gabinete. A la
semana de su conformación tuvo que salir el Ministro de Cultura ante un
escándalo alrededor de un supuesto fraude fiscal. Apenas conocida la noticia,
la resolución de su salida fue inmediata y certera, evitando cualquier
suspicacia de protección política indebida, marcando una clara diferencia con
casos recientes en los que, a pesar de las evidencias de falsificaciones de
títulos académicos y las diversas
denuncias de presiones para ocultar el desaguisado, se dio largas al asunto de
una manera que impactó negativamente en la credibilidad de las autoridades
públicas.
En el tema de la inmigración es
donde hay otra novedad extraordinaria en momentos donde se endurecen medidas al
calor de una xenofobia que envenena el debate público y arrincona a la
política. Después de los valiosos gestos de Justin Trudeau en Canadá con los
inmigrantes que llegaron desesperados a su país escapando de la guerra en Siria,
no cabía esperar algo similar en una Europa donde las fronteras se cierran o de
parte de los Estados Unidos, donde las últimas medidas son separaciones de
niños y padres que llegan a la frontera, una respuesta incalificable dentro de
lo que distinguía a la democracia representativa más antigua del mundo.
El asunto es tan dramático que ni
siquiera los diversos informes que dan cuenta de la necesidad de integrar
millones de inmigrantes en España para sostener el rumbo económico y las
futuras pensiones, influyeron para que la inmigración pudiera ser un tema que se
tratara de una forma distinta en una agenda pública que no admite más que un
endurecimiento sin contemplaciones. Los márgenes políticos se achican y las
encuestas señalan que no hay alternativa. El presidente Sánchez, a contrapelo
de estos datos y arriesgando su capital político, decidió acoger a los
inmigrantes africanos que habían sido rechazados en Italia. El valioso gesto
abre una cuña en Europa y en especial en una España que no debería olvidar los
múltiples gestos solidarios recibidos en el pasado por parte de otros países
cuando soplaban vientos difíciles en su propia casa.
Europa como proyecto comunitario
y que forja su unidad sobre derechos humanos universales se ha visto
severamente cuestionada por parte de algunos de sus países miembros. Con la
impronta europeísta del nuevo presidente, el proyecto encuentra un nuevo aliado
que se hace eco de aquella sentencia tan sabia de Ortega y Gasset sobre España
como problema y Europa como su solución. No solamente Europa como proyecto de
integración parece entrar en fase demodé, los recientes cambios de gobierno en
América del Sur, donde la integración es todavía algo mucho más débil y
precario, aunque no por ello menos estratégico para su destino, la mayoría de
países que la conforman suspendieron hasta nuevo aviso su membresía a UNASUR. Sánchez
pasa entonces a ser una referencia, al igual que Macrón, de todos aquellos que
ven en la integración la solución a cuestiones que los propios estados
nacionales no pueden resolver por sí mismos en esta etapa histórica.
Las novedades que trae España están
ocurriendo a pesar de la debilidad política de un gobierno que no goza de una
mayoría en el Parlamento. Las decisiones tomadas se tornan entonces más
valiosas en esa condición de supuesta debilidad porque reafirman que un líder
con visión, sin importar el contexto en el que se desenvuelve, puede marcar la
diferencia y regenerar las expectativas sobre lo político.
Comentario publicado en Hipótesis Alternativa, blog del Area de
Ciencia Política y de la Administración (Universidad de Salamanca)