Artículo publicado en Ideele Revista
269
Venezuela en
el espejo de la región
Por
Santiago Mariani
Aunque a finales de los años setenta
del siglo XX comenzó el más largo y extendido ciclo democrático en la historia
de América Latina, esa positiva continuidad, alcance y persistencia debemos
circunscribirla esencialmente a la dimensión electoral de nuestros regímenes. La
nota distintiva es que hemos sido capaces de cerrar filas en torno al principio
del acceso al poder solamente a través de procesos electorales celebrados con
regularidad y sin restricciones, pero esa circunstancia que representa una
condición necesaria aunque no suficiente para transformar a un régimen en
democrático, nos obliga a una nueva revisión a la luz de lo que está sucediendo
en la región en general y en Venezuela en particular. El colapso del régimen
democrático en Venezuela y su retroceso hacia un ramplón régimen autoritario es
acaso la peor imagen que devuelve el espejo de una región con democracias
precarias. Es esa sustancia que permanece latente en nuestras entrañas y que se
cuela entre las grietas e intersticios de nuestros regímenes. Son las corrientes
subterráneas putrefactas, que por tanto tiempo nos agobiaron y que emergieron
nuevamente al calor de ciclos expansivos de nuestras economías.
En Venezuela, el chavismo supo
consolidarse como eje dominante de la polìtica a través de un liderazgo que pudo
conectar con los sectores más postergados. Esa demanda estaba pendiente después
de un ciclo que giró sobre una democracia con partidos que se alternaban el
poder pero que había sido restringida en sus alcances. La competitividad
electoral de ese ciclo, que sobrevino como resultado de un pacto entre las
principales fuerzas políticas, perdió credibilidad cuando la ciudadanía comenzó
a percibir que no había cambio alguno entre las opciones que se turnaban en el
poder. Ya no importaba el partido que llegar a gobernar desde Miraflores, los sectores populares sentían que su situación
no cambiaría en modo alguno. Esa democracia se fue vaciando así de contenido y
su legitimidad crujiendo en una alternacia con falta de opciones reales de
cambio.
En ese remolino sin esperanzas, Chávez
irrumpió en escena con un intento violento de ocupar el poder pero el fracaso de
su intentona golpista lo fortaleció. La democracia en declive y desgastada lo
liberó de la condena que había recibido para pacificar las almas y dejó su camino
libre para que, mediante otra táctica, lograra su objetivo estratégico mayor. Una
vez en el poder, al que llegó por una impecable elección democrática, hizo de
las elecciones el mecanismo legitimador de su “revolución”. La táctica rendió
sus frutos y un espacio de tiempo mayor que en un golpe logró dominar de manera
excluyente la escena polìtica. Con cada confirmación que recibía en las urnas daba
otro paso sobre una pluralidad que el régimen acorralaba en nombre de la
justicia social. Las maniobras que fueron socavando lentamente los diques de
contención a su liderazgo hegemónico se apalancaron en los recursos
extraordinarios que Venezuela obtuvo en la más favorable bonanza petrolera de
su historia. El costo de esa pretendida dominación sin fisuras fue la
dilapidación de una cantidad multimillonaria de recursos que, administrados
bajo otros criterios y con otros fines, hubieran dejado a Venezuela muy lejos
de la dramática crisis económica y humanitaria en la que ha quedado sumida.
Cargar las tintas del desastre
venezolano solamente sobre el chavismo, o peor aún bajo un marco ideológico que
pretenda explicar la dinámica como resultado de un gobierno de izquierda, sería
parcializar el asunto y errar en la cuestión de fondo. Es preciso incluir en el
análisis la trayectoria de un sector importante de la oposición que nunca
reconoció al chavismo y que de hecho intentó, a través de un acto de fuerza,
sacar a Chávez del poder. Al no poder desplazarlo de la escena, la oposición posteriormente
volvió a la carga e intentó desconocerlo mediante una renuncia colectiva a
participar en las elecciones en la Asamblea. El único resultado de ese torpe
accionar antidemocrático fue dotarlo de fortaleza al chavismo en el escenario
político venezolano.
En la cultura política venezolana
faltó ese componente que hace factible a la democracia según Schmitter y Karl, esto
es, “por un consentimiento contingente de los políticos que actúan bajo
condiciones de limitada incertidumbre” (Schmitter y Karl, 1995). Según estos
autores en una democracia el acuerdo informal que la sostiene supone que
quienes ganan las elecciones no deben aprovechar esa superioridad temporal para
dejar sin margen a los perdedores de poder ser opción de poder en el futuro o de
tener influencia real en el sistema político.
Ese acuerdo a su vez establece que quienes pierden respetarán y dejarán
gobernar a los ganadores sin conformar una oposición irresponsable y
destructiva. El chavismo etiquetó como “escuálidos” a los opositores y no
escatimó ningún esfuerzo para descalificar y desconocer a sus rivales como un
cuerpo ajeno a la Patria. El ùltimo ejemplo más patético de esa puesta en
escena ha sido la decisión de vaciar a la Asamblea Nacional mediante una
maniobra legal. El encarcelamiento y persecución de los opositores ha sido
también parte de ese menú autoritario en la cual pretenden gobernar sin
reconocer la existencia de alternativas y haciendo todo lo posible para
cerrarles el camino en el juego político.
La oposición, que desplegó también durante
un largo tiempo un juego desleal que imposibilitó una democracia basada en
consentimientos tácitos, intentó iniciar una era distinta con su regreso al
juego electoral y la conformación de una mayoría parlamentaria. El chavismo nunca
reconoció la existencia de esa pluralidad legitimada en las urnas y aplicó toda
zancadilla a su alcance para desconocerla como parte del sistema. La caída de
la máscara democrática dejó a la oposición sin demasiadas alternativas.
Los instrumentos internacionales que
se intentaron accionar para cerrar el paso al autoritarimos, como la Carta
Democrática Interamericana, mostraron la debilidad para lograr un cambio desde
afuera. En el plano
multilateral, el Secretario General de la OEA no pudo doblegar, en el ámbito
del Consejo Permanente, el blindaje que construyó el chavismo mediante la
compra del voto de los países que se han visto beneficiados con el dispendio
del oro negro a precios subsidiados, algo tan vital para sus pequeñas y
dependientes economías. En el plano bilateral las sucesivas condenas en la
región y el retiro de embajadores tampoco tuvieron mayor
efecto sobre Maduro y los militares que lo rodean en esta cuesta en la que
descienden exponencialmente hacia mayores niveles de autoritarismo.
El régimen pareciera estar entrando
en su fase terminal y se muestra dispuesto a todo para sostenerse en el poder.
La brutal represión a la movilización que despliega la oposición en las calles
como último recurso para resistir es una muestra de la debilidad intrínseca del
chavismo y de su legitimidad en picada.
En este espiral no parece haber una solución pacífica a la vista y el
único resultado que se avizora es el incrementando de la lista de víctimas y
los pacedimientos colectivos en la crisis humanitaria en la que navegan sin
rumbo. Los aliados que lo mantienen
respirando son el régimen chino, la rusia de Putin y la cuba de Raúl Castro. Es un final abierto en el que se pone en juego
la suerte de una construcción democrática endeble que en la región podría sufrir
otros retrocesos.