Medio: La República
Fecha: 27-04-14
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Nota:
Con más pena que gloria se acaba de
conmemorar otro Día Mundial de la Tierra, una jornada sumamente propicia para
poner, al menos en esa ocasión, el foco de atención sobre los dilemas que
aquejan al ambiente. En paralelo con esta conmemoración, el Panel
Intergubernamental del Cambio Climático de Naciones Unidas dio a conocer un
quinto informe con rigurosos y contundentes datos que vinculan la actividad del
ser humano con el proceso de calentamiento global, un fenómeno todavía negado
de manera irresponsable por algunos que insisten en sostener que se trata del
ciclo normal del clima. El hecho concreto es que, como sostiene el informe, el
calentamiento global está sucediendo debido a las consecuencias que genera
nuestra forma de producir y consumir. Es decir, contamos con información sobre
la degradación irreversible de la naturaleza y somos testigos de los cambios
que se están produciendo a nuestro alrededor pero ello no ha sido, hasta ahora,
incentivo suficiente para que nuestros estados lleguen a un acuerdo mínimo de
cooperación que posibilite revertir el calamitoso sendero de destrucción que
recorre la humanidad.
Los esfuerzos multilaterales
desplegados en las diversas cumbres climáticas que han tenido lugar a lo largo
de los últimos años han fracasado y no se vislumbra un horizonte de solución.
Los países ricos, principales responsables del problema, no están dispuestos a
solventar la reconversión de los modos de producción y consumo. Los países
emergentes reclaman a su vez el mismo derecho al desarrollo y no están
dispuestos a sacrificar el objetivo de elevar los niveles de vida de sus
sociedades aún cuando para lograrlo se ponga una presión insostenible sobre el
ambiente. La solución está en lograr mantener niveles de contaminación que no
generen una catástrofe ambiental, pero eso requiere medidas de confianza con
verificaciones de su cumplimiento in situ y en ese punto es donde un acuerdo se
bloquea.
No hay demasiada voluntad de pagar
el costo enorme de la reconversión y nadie confía en que el otro vaya a cumplir
los límites fijados. Esta es la dinámica que condiciona a los representantes
que participan de las cumbres y el tema de fono que mina la cooperación entre
los estados. La ciudadanía tampoco logra generar una presión suficiente para
que eso suceda porque quienes se ven más afectados por las consecuencias del
calentamiento global y que más necesitan de esa cooperación son los sectores
más vulnerables. La voz de los pobres y la capacidad de influir y de demandar
cambios a sus representantes es mínima frente al poder que despliegan los
grupos económicos.
La falta de visión que ha primado
hasta ahora para producir el cambio, antes de que sea demasiado tarde, nos hace
pensar que no habrá novedades. En este panorama tan desolador son mínimas las
posibilidades de que los actuales líderes, conscientes de la responsabilidad
que les cabe en este asunto, asuman el riesgo de celebrar acuerdos que
conllevan un costo político de corto plazo. Los cambios, siguiendo lo que ha
sucedido en las negociaciones infructuosas sobre el cambio climático, tendrán
lugar entonces cuando las consecuencias del calentamiento global sean tan
dañinas y severas que el costo de la falta de cooperación se haga insoportable
y no haya posibilidad de seguir dilatando un acuerdo. Será ya muy tarde si eso
sucede porque la Tierra estará en jaque mate y en esa posición no hay salida
alguna. La próxima cumbre sobre el cambio climático que tendrá lugar en Perú
nos dirá si el jaque mate está próximo o si lograremos esquivarlo.